¡Hola vampiros! La historia de Hungría es muy interesante para mí, especialmente porque no se sabe con exactitud cuál es el origen del pueblo magyar. El recuento de su llegada a Europa oriental se apoya en leyendas que después fueron documentadas por monjes medievales entre quienes se destaca Anonymus, cronista de nombre desconocido cuyo monumento se erige en Budapest. Anonymus le dio forma escrita al húngaro, que hasta entonces era puramente oral, adaptando su extraña fonética a los caracteres latinos y en ocasiones entremezclando ambas lenguas. De los relatos míticos rescatados por Anonymus, mi preferido es el de Almos.
Siete tribus conformaban el grupo nómada de hábiles jinetes y cazadores feroces que llegaron de oriente al territorio que hoy en día conocemos como Hungría a través de los Cárpatos.
Los primeros húngaros utilizaban insólitas estrategias para derrotar a sus oponentes: se acercaban al ejército enemigo en aparente desorden y, cuando el enemigo pensaba que los magyar ya emprendían la retirada, estos últimos disparaban con sus arcos hacia atrás, aún cabalgando, sin siquiera darles la vuelta a sus ligeros caballos asiáticos. Los guerreros húngaros dispersos que habían pasado desapercibidos atacaban al enemigo por los flancos.
Cuando no estaban batallando, los magyar dormían en hermosas tiendas de colores, cazaban y pescaban. Intercambiaban caballos, cuero y pieles por joyas, especias y tapices. Eran paganos (presuntamente animistas) que reverenciaban a sus ancestros y prestaban especial atención a sus sueños.
Una noche, la hija de uno de los líderes principales de las siete tribus, Emese, vio un ave totémica llamada turul en sus sueños. El ave anunció que Emese daría a luz un hijo que guiaría a su pueblo a unas tierras mágicas. Cuando el hijo de Emese nació, fue llamado Almos (o Álmos), que quiere decir el anunciado en sueños. Al cumplir Almos la mayoría de edad, cada uno de los jefes de las siete tribus vertió un poco de sangre en una copa sagrada de la que todos bebieron. Así juraron lealtad eterna a Almos, quien desde entonces sería su nuevo líder. De Almos desciende la dinastía de los príncipes magyar que se consolidó con San Estéban (István), el gran monarca húngaro bajo cuyo gobierno el pueblo magyar vivió un largo período de prosperidad.
Esta puede ser la primera leyenda húngara que describe no sólo un pacto de sangre, sino un ritual en que los magyar beben sangre (en este caso, un acto simbólico de alianza). Aquí la comunión de la sangre está desconectada de cualquier connotación de venganza (como cuenta una leyenda que era la costumbre de Vlad Tepes, príncipe transilvano: mojaba el pan de su almuerzo campestre en un plato en que había recogido la sangre de sus enemigos mientras ellos morían lentamente, empalados ante él) o vanidad (como se dice hacía la condesa húngara Isabel Báthory, que ingería la sangre de doncellas secuestradas para preservar su belleza y juventud). Curiosamente, esta leyenda se parece más al rito cristiano de la comunión (hacerse uno con otro a través de la sangre) o al pacto de sangre de algunos gitanos (que simboliza alianza, hermandad y lealtad)... y en ella se bebe para celebrar la elección de un nuevo líder, anunciado por la divinidad en un sueño:
Beberunt magnum Aldomás
Yo también brindo por Almos, sus ancestros y toda su descendencia, real y fantástica. Salud.
Fuentes:
F. Oliver Brachfeld, historia de Hungría, 1957
Joseph Domjan, Hungarian Heroes and Legends, 1963


